En este artículo aparecido en el diario La Nación, de Chile, el 20 de julio de 2003, Rodrigo Pinto analiza la obra de Roberto Bolaño, y los otros autores de su generación, sosteniendo que en ellos se encuentran los verdaderos herederos de lo que se denominó el boom latinoamericano, quienes de paso han ayudado a romper  con la insularidad de las letras hispanoamericanas, impulsando una masificación más global de estas.

Distinta del boom y alejada del realismo mágico
Bolaño y la generación perdida de América Latina

Por Rodrigo Pinto

Tras el explosivo surgimiento del boom latinoamericano en la década de los sesenta, la literatura de este continente alcanzó una relevancia mundial inédita hasta la fecha, al menos en lo que se refiere a la narrativa. Poetas como Darío, Huidobro, Vallejo, Mistral, Neruda, habían establecido un camino de ida y de vuelta desde las letras hispánicas a las latinoamericanas, con mutuas influencias y un diálogo de los más fecundos entre ambos mundos.

El boom, por otra parte, fue mucho menos homogéneo de lo que se suele entender a primera vista. Tres libros cruciales —Cien años de soledad, Rayuela y La casa verde— abrieron una puerta por donde se colaron autores de distintas generaciones. Y tampoco fue un movimiento homogéneo; un cierto facilismo lleva a identificar el boom con el realismo mágico, y, por citar sólo dos ejemplos, ni Julio Cortázar ni José Donoso calzan con esa definición. Su mayor virtud, quizá, fue dar resonancia universal a autores de generaciones anteriores, desde veteranos como Leopoldo Marechal y Jorge Luis Borges a José Lezama Lima, José María Arguedas, Felisberto Hernández, el inolvidable Juan Carlos Onetti y tantos otros. 

En fin, el boom, además de un fenómeno literario, fue un fenómeno mediático, dirigido esencialmente hacia Europa. Desde América Latina soplaba un aire fresco y renovado, que daba cuenta, por fin, de la invención de un nuevo territorio en el mapa de la ficción. 

Las décadas de los setenta y los ochenta significaron un punto de quiebre por factores esencialmente políticos, pero también literarios. El realismo mágico tan en boga y tan del gusto de los europeos siguió como tendencia dominante, a través de sus autores originales (García Márquez, Carpentier, Mutis) y a través de “los muchos epígonos de un realismo mágico hecho para el consumo de zombies“, como escribió Roberto Bolaño en un artículo periodístico.

Pero, más grave aún, la ola de dictaduras militares, de matanzas, de guerras civiles, de violencia y muerte que se extendió, con poquísimas excepciones, desde Guatemala al extremo sur de América, significó una ruptura feroz entre la natural alternancia de las generaciones literarias y una diáspora que lanzó a cientos de escritores al desamparo más absoluto. 

LA GENERACIÓN SECRETA 

En este panorama, mientras las editoriales cerraban la circulación de las literaturas nacionales, lo que contribuyó aún más a enclaustrar a los pocos que seguían escribiendo en sus países, por todas partes se gestaba una nueva literatura, distinta del boom, alejada por completo del realismo mágico, pero casi clandestina, subrepticia, sin eco alguno en la mayoría de los lectores. 

A ello alude Bolaño, por ejemplo, en Sensini (cuento incluido en Llamadas telefónicas), que relata la amistad de un escritor chileno con uno argentino, ya mayor, que tratan de obtener recursos postulando a concursos literarios en las pequeñas ciudades de provincia (Bolaño, de hecho, obtuvo varios). Pero la historia deriva pronto hacia el otro personaje, Sensini (en realidad, el escritor argentino Antonio di Benedetto) que retorna a Argentina a morir de pena por su hijo detenido desaparecido. 

Y es sintomático el hecho de que escritores que comenzaron a publicar en los últimos sesenta sólo ya entrados los noventa tuvieran una circulación masiva, como los argentinos Juan José Saer o Ricardo Piglia. Respecto de los que sí aparecían en los catálogos editoriales, Bolaño tiene una opinión lapidaria: “Gente que plagia muy bien. Gente que no sabe escribir y que vende muchísimos libros a gente que no sabe leer. La literatura, por otra parte, no es ajena a este tipo de movimientos de flujo y reflujo. Ellos son el reflujo“. 

Pero la generación de los nacidos en el cincuenta, aquella a la que pertenece Bolaño, fue la más secreta de todas, que llevaba a cabo su ruptura con los modelos del boom sin estridencias, en el ámbito infernal de las guerras civiles centroamericanas, en el exilio o mexicano, en la voluntaria reclusión en lugares remotos como Tánger.  

El crítico Juan Antonio Masoliver Ródenas describió, a propósito de su crítica a Putas asesinas, a esta generación: “Los escritores que tras el auge del realismo social, del experimentalismo y del realismo mágico han partido de la realidad circundante vivida por ellos y a través de un recorrido interior y exterior nos han llevado más allá del horizonte, allí donde la realidad se confunde con el sueño, la vida con la muerte, lo cotidiano con lo excepcional, lo familiar con lo extraño. Y es aquí donde podemos encontrar la nueva contemporaneidad que une a escritores como Javier Marías, Juan Villoro, Enrique Vila-Matas y Roberto Bolaño“.  

De manera más escueta, y respecto sólo de los latinoamericanos, Juan Villoro la define simplemente como la generación que se resiste “a asumir el exotismo como condición de la propia identidad“. 

¿NUEVA NARRATIVA CHILENA? 

A esos nombres hay que agregar, desde luego, a Rodrigo Rey Rosa, Horacio Castellanos, César Aira, Javier Cercas, Rodrigo Fresán (algo más joven) y Alan Pauls. Esta generación es la auténtica sucesora del boom, como tardíamente ha sido reconocido por la crítica y los lectores. Los años noventa han roto, por fin, con la insularidad de las letras hispanoamericanas, y han devuelto a su justo tamaño, por ejemplo, a lo que pomposamente se denominó la nueva narrativa chilena, que por su carácter autorreferente se parecía mucho al país de los ciegos donde el tuerto es el rey.  

De ahí también lo pueril –y rayano en la ignorancia– que resultó el intento de dos escritores chilenos de definir, a partir de coordenadas como los McDonalds y MTV, a una generación que oponía Macondo –el realismo mágico– y Mc’Ondo, la América Latina abierta a los vientos de la globalización. Aunque es cierto que incluyeron autores valiosos en su antología (como Fresán y el boliviano Edmundo Paz Soldán, a quienes habría que preguntarles si les gustan las papas fritas con ketchup), lo cierto es que los mac’ondianos chilenos no llevaron a cabo ruptura alguna, salvo la producción de obras destinadas, como la comida chatarra, a la rápida deglución y el más rápido olvido. 

Es aquí donde se inscribe la literatura de Roberto Bolaño, quien con justicia ha sido llamado el mejor intérprete de la aventura de su generación. Tal como lo dijo en una entrevista con El Mercurio, “escribo desde mi experiencia, tanto mi experiencia, digamos, personal, como mi experiencia libresca o cultural, que con el tiempo se ha fundido en una sola cosa. Pero también escribo desde lo que solía llamarse la experiencia colectiva, que es, contra lo que pensaban algunos teóricos, algo bastante inaprehensible“.  

Así y todo, Estrella distante, algunos cuentos de Llamadas telefónicas y otros de Putas asesinas y Nocturno de Chile son, de lejos, lo mejor que se ha escrito sobre la traumática experiencia de la dictadura chilena, a los que se acercan algunos cuentos de José Miguel Varas y un par de novelas de Carlos Cerda.  

Igual papel han cumplido, respecto de las guerras civiles de Guatemala y El Salvador Rodrigo Rey Rosa y Horacio Castellanos. Una novela de este último, Thomas Bernhradt en El Salvador, le significó tales amenazas que tuvo que partir nuevamente rumbo al exilio. 

LA EXTRATERRITORIALIDAD 

Pero, como se ha dicho con insistencia, Bolaño, con su mirada latinoamericana, con su experiencia chilena, mexicana y española, fue quien realizó el panorama mayor y más inclusivo de los avatares de su generación.  

El crítico literario español Ignacio Echevarría, en un magnífico ensayo llamado Bolaño extraterritorial, define precisamente esta categoría como uno de los elementos esenciales de la narrativa de Bolaño, “una estrategia de exilio permanente“, citando a George Steiner. Y agrega Echevarría: “Por la obra del escritor transitan –errantes, fantasmales– los náufragos de un continente en el que el exilio es la figura épica de la desolación y de la vastedad. Laberinto de la identidad, Latinoamérica es para Bolaño una metáfora del abismo, un territorio en fuga“.  

De ahí su ausencia de localismo, especialmente en obras como Los detectives salvajes, donde asume las formas que el castellano adopta en Chile, en México, en Uruguay, en Perú, en Argentina, en Colombia, con un oído excepcional para aprehender los matices lingüísticos y plasmarlos como si se tratara de su propia habla. Y no sólo eso: tanto en aquella obra como en Amuleto y en varios de sus cuentos, Bolaño va dando forma a una épica de la derrota, del fracaso, del desarraigo, que toca por igual a todos los latinoamericanos, que lo reconocieron así como el “bardo de Latinoamérica“, en palabras de Ignacio Echevarría. 

Pero también, y con justa razón, a pesar de su querer y no querer ser escritor chileno, podemos asumirlo como el bardo de Chile, aquel escritor que supo hablarnos de lo que somos, de lo que hemos vivido, de nuestro destino, sin querer hacerlo, sin ninguna pretensión mesiánica, sólo con la constatación del término de las utopías y de los proyectos comunes, sólo con su obra magnífica, tejida con su biografía y con la nuestra, una obra tristemente incompleta por la injusticia del azar, ese que arrebata a los mejores cuando tantos escribidores y tantas escribidoras siguen jugando a ser artistas. 

Se trata de una herencia que irá creciendo en el tiempo; como se sabe, todos los muertos son buenos, y los que lo ignoraron o le negaron su condición de chileno tendrán ahora que agachar cabeza y, a lo menos, leerlo. Llama la atención, por ejemplo, que una crónica de Carlos Franz titulada Novelas del fin del mundo, publicada en 1999 y que se propone construir la historia de la nueva narrativa chilena, no nombre a Bolaño. ¿Por qué escribía en España? Otra muestra de puerilidad y de egocentrismo, que la desgracia de la muerte de Bolaño, la mayor pérdida para nuestra literatura, curará con seguridad.