Este artículo escrito por Pablo Chacón apareció en el diario La Nación, de Chile, el 28 de noviembre de 2004

Alejandro Jodorowsky: Arcano Mayor

Por Pablo E. Chacón

Jodorowsky es un todoterreno: escritor, director de cine (de El topo, Fando y Lis, Santa Sangre y La montaña sagrada), guionista de historietas, ex integrante del grupo Pánico, cabalista, experto en tarot, actor, inventor de la psicomagia, gurú del Café Mystique de París, autor de El niño del jueves negro, La danza de la realidad y Psicomagia, entre otros títulos.

Los nombres de sus amigos hablan pos sí solos: Carlos Castaneda, Roman Polanski, Milo Manara, Marcel Marceau, José Donoso, Nicanor Parra, Federico Fellini y Enrique Lihn. La serie de nombres construye una genealogía atípica, del teatro a la brujería, del cine y la revolución lisérgica, la literatura y el conocimiento silencioso, el budismo zen, el sufismo y la alquimia. Esta es la conversación que sostuvo con LND/Leer desde su casa, en París, donde está radicado.

-Nací en 1929 en el norte de Chile, en tierras conquistadas a Perú y Bolivia. Tocopilla es el nombre de mi pueblo natal, un pequeño puerto situado, quizás no por casualidad, en el paralelo 22.

-¿Por qué no por casualidad?

-Porque el tarot tiene 22 arcanos mayores; cada uno de los 22 arcanos del tarot de Marsella está dibujado dentro de un rectángulo compuesto de dos cuadrados: el cuadrado superior puede simbolizar el cielo, la vida espiritual, y el inferior la tierra, la vida material. En el centro de ese rectángulo se inscribe un tercer cuadrado: simboliza al ser humano, sombra y luz, receptivo hacia lo alto, activo hacia la tierra. Esta simbología se encuentra en los mitos chinos y en los egipcios, y también en la mitología mapuche: al comienzo el cielo y la tierra estaban tan apretados que no dejaban sitio entre ellos, hasta la llegada del ser consciente, que liberó al hombre alzando el firmamento.

– La leyenda dice que usted se educó solo…

– Eso dicen . En realidad, yo era un niño diferente, de raza desconocida (era judío, pero en Chile no se decía judío sino chileno hijo de rusos), y es cierto, aparte de los libros nunca nadie me habló. Mi padre y mi madre se encerraban desde las ocho de la mañana a las diez de la noche en la tienda que atendían, confiando en mis capacidades literarias, dejaron que me educara solo. Los libros fueron pequeños oasis en un desierto infinito. El tiempo era caluroso, seco. De día, un silencio implacable caía del cielo. Al ponerse el sol, no había pájaros que cantaran, ni grillos siquiera. En fin…un medio ideal para desarrollar el sentido del misterio y la imaginación.

– Su literatura es una respuesta a ese universo.

-Sin dudas. La poesía es amor, transgrede las prohibiciones y se atreve a mirar de frente a lo invisible. El poeta, como Orfeo, desciende a los infiernos, al fondo del lenguaje, para recuperar su alma. Pero la poesía, la literatura no es sólo eso. Para mí, la literatura también es sanación. Intento hacer algo que no sea solo entretenimiento o autoafirmación, sino que ayude a los demás. En El niño del jueves negro, toda la novela se funda en la alquimia, entendida como alquimia espiritual, como la espiritualización de lo material y la materialización de lo espiritual. -¿Es eso psicomagia?

-En efecto. La psicomagia es una técnica que combina literatura, psicoanálisis y magia. Lo que hago es referir hechos cotidianos, familiares, a su contenido mítico, un poco a la manera de Jung, que me ha influido mucho, al igual que Freud y Gurdjieff…

– ¿Cómo hay que entender exactamente la psicomagia?

– Bueno, he investigado y leído de todo: el tarot, la Cábala hebrea, Castaneda, un gran innovador, aunque no me gustan sus brujitas. Estuve de asistente de una bruja mexicana, a la que en mis libros llamo Pachita, que hacía cosas increíbles: operaciones a corazón abierto, cambiaba órganos de un cuerpo a otro. También me pagué una expedición al interior de Chile para conocer a las machis. Tomé la ayahuasca. Son situaciones arriesgadas, porque estás en medios muy populares, donde te pueden degollar por nada, pero siempre lo hice con cierto escepticismo, aprovechando los conocimientos, sin transformarme en adepto de nadie. Es cierto que yo no procedo de una cultura “primitiva”. En mi opinión, salvo excepciones -no me pronuncio sobre el caso de Castaneda, a quien conocí en México-, no puedes convertirte en brujo si no has nacido en un contexto “primitivo”.

– ¿Hay coincidencias entonces entre sistemas aparentemente tan distintos como el psicoanálisis, la alquimia y el chamanismo?

– No lo dude un segundo: es el misterio del hombre. Es el hombre, así lo tomes por el psiconálisis, por la magia, por la Cábala, siempre llegas al mismo punto: al hombre y su misterio. Todavía nos queda mucho por conocer, sigue siendo un misterio y lo seguirá siendo. Yo me interesé por todos estos conocimientos por culpa de mi padre… Era tan materialista que me llevó en sentido opuesto. Un día, cuando tenía menos de veinte años, de borrachera con mis amigos poetas, me di cuenta que iba a morir. Fue como un rayo. Cuesta mucho aceptar la propia desaparición. Sales un poco a la cresta de la ola y luego se acabó, de vuelta al océano. Busqué aspirinas intelectuales. El budismo, Gurdjeff… La vida es un sueño, pero puede ser una pesadilla o un sueño agradable. Es nuestro trabajo conseguir que sea un buen sueño.

-¿En qué circunstancias conoció a Carlos Castaneda?

– En los setenta, yo era muy conocido en ciertos medios, gracias a mi película El topo, que para muchos era una especie de referencia en materia de cine mágico. Castaneda la había visto dos veces, le había gustado. Yo estaba en México, en un restaurante en el que sirven unos filetes espléndidos y se bebe buen vino, acompañado de una actriz que reconoció en el local a una amiga que estaba con un señor. Castaneda -el señor-, al enterarse quién era yo, envió a su amiga a nuestra mesa. La mujer me preguntó si quería conocerlo. “Desde luego, ¡soy un gran admirador suyo!”. Ella dijo que él vendría a sentarse a mi mesa, pero yo insistí en ir a la suya…Propuse a Castaneda ir a su casa, pero él quiso venir a mi hotel. Éramos como dos chinos, rivalizando en cumplidos. Él no paraba de darme preferencia, y yo hacía otro tanto.

– Entonces, Castaneda existe…existió. – Por supuesto que existió. Después, en los Estados Unidos se publicó un libro en el que aparecía un retrato suyo, un dibujo. Y era el retrato del hombre que conocí. Castaneda tenía aspecto de camarero, de mozo, siempre lo digo. Aspecto de hombre de pueblo: nada gordo, pero fornido, con el pelo crespo y la nariz un poco achatada. Pero en cuanto abría la boca, se transformaba en un príncipe: detrás de cada palabra suya se percibía una cultura inmensa.

-¿Se acuerda de la conversación?

-Y cómo no. Avisó que llegaría con cinco minutos de adelanto. Era muy delicado, me aseguró que no decía más que la verdad, y a renglón seguido me contó una historia increíble, de cómo Don Juan, con una simple palmada en la espalda, lo había proyectado a cuarenta kilómetros de distancia sólo porque se había dejado distraer por una mujer que pasaba por ahí. También habló de la vida sexual de su maestro, al parecer capaz de eyacular quince veces seguidas. A Castaneda le gustaban mucho las mujeres. Me preguntó si no podíamos filmar algo juntos, Hollywood le había ofrecido mucho dinero, pero él no quería que Anthony Quinn fuera Don Juan…Entonces ocurrió algo muy extraño: le vino diarrea, con mucho dolor de estómago. Y empecé a tener yo dolores, en el hígado y la pierna derecha. Eran unos dolores espantosos. El dolor hacía que nos arrastráramos por la habitación. Era delirante, así que como pude, llamé a un taxi y lo acompañé al hotel. Después fui a hacerme operar por Pachita. Estuve en cama tres días, me curé y lo llamé, pero ya se había ido. Nunca más lo volví a ver. Pero su aporte ha sido enorme: creó una fuente de conocimiento diferente, la fuente sudamericana. Hizo revivir el concepto del guerrero espiritual y puso de relieve el trabajo sobre el sueño despierto. Sin dudas, publicó demasiado, y siempre, a pesar de todo, tiene algo nuevo que decir; sus libros recuerdan muchas cosas olvidadas. De manera que, verdad o mentira, poco importa. Si es trampa, es una trampa sagrada.

-Y con sus películas, ¿cree que ha logrado transmitir lo que transmiten sus escritos?

-Sí, creo que he conseguido transmitir el mismo significado, mis ideas más profundas. Y en las historietas, aunque sean historias en universos de ciencia ficción, utilizo siempre elementos propios: la Cábala en Alef-Thau, el bushido de los samurais…

– Así conoció a Moebius.

– Moebius es el más grande de todos. Nos conocimos durante la preparación de Duna, la película que íbamos a hacer basada en el libro de Frank Herbert. Como el proyecto no salió, decidimos armar una serie en el mismo estilo. Así nació El Incal, que fue un éxito. Ha vendido millones de copias. De eso, no de la literatura o del cine, sí se puede vivir. No he parado de colaborar con dibujantes como Arno, Beltrán y otros. Sin embargo, hay algo del cómic que me molesta: hay pocas mujeres. Digo: produciendo. Hay algunas muy buenas, pero es como si les interesara menos.

-Un recuerdo más: Topor.

-Era un genio polivalente. Hacía todo: escribía, dibujaba, filmaba…Nos seguimos reuniendo, Arrabal, Topor y yo, en un restaurante de París, hasta el día antes de su muerte. Siempre nos hacía reír. Yo bebía té, Arrabal, gaseosa, y Topor, vino. Se emborrachaba delante de nosotros sin parar de reír. El grupo Pánico fue una gran broma, una broma hermosa, lo inventamos para reírnos sobre todo de la filosofía francesa, siempre tan seria.

(Fuente: Chacón, Pablo, “Alejandro Jodorowsky: Arcano Mayor“, Diario La Nación, Domingo 28 de noviembre de 2004)