Este artículo, escrito por Daniel Trujillo R., apareció en “Capital”, Nº 104, en marzo de 2003


Alejandro Jodorowsky: El Psicomago

Por Daniel Trujillo Rivas

Le Temerarie es un café como cualquier otro de París. Está en la Rué Daumesnil, cerca de la estación del metro Gare de Lyon, en el extremo de la ciudad opuesto al Arco de Triunfo, en un área no muy turística que digamos. Pasadas las 19 horas, una parte del salón la ocupan tipos de rostro huraño que beben cerveza y fuman como murciélagos disparando el humo hacia el techo. Son pocos y hay bastante espacio. En el ala opuesta, por el contrario, decenas de personas se aglomeran en tomo a una hilera de mesitas colocadas junto a la pared, aprovechando cada centímetro. La gente se apretuja y guarda un respetuoso silencio, pero se empina nerviosa para asomarse sobre los hombros del que está adelante. El barman observa limpiando vasos con un trapo y su cara tiene el gesto de alguien orgulloso de un privilegio y satisfecho de que se cumplan sus reglas.

Desde la calle, a través del ventanal, la extraña escena ejerce un poder de fascinación. No en vano en el muro del sector concurrido se han dispuesto afiches de los arcanos del Tarot, rodeando una fotocopia—ampliación de una página completa de Le Monde que da cuenta de lo que acá sucede: Le Temerarie es el café escogido por Alejandro Jodorowsky para atender a quienes vienen a buscar sus consejos.

Cuando se fue de Chile, a principios de los años 50, Jodorowsky tenía 23 años y gozaba de una creciente fama como actor, era parte de la pandilla talentosa de Enrique Lihn, José Donoso, Jorge Edwards y Enrique Lafourcade. Poseía un barco para recorrer el país de punta a cabo con su compañía de títeres y vivía en un galpón inmenso en la calle Villavicencio, donde se celebraban las tertulias poéticas más memorables de la capital. Un buen día dejó todo eso para convertirse en aprendiz de Marcel Marceau y presentarse ante el maestro surrealista André Breton, de un modo no muy diferente al que, medio siglo más tarde, personas de todas partes llegan hasta Le Temerarie, para sentarse frente a él, con la mirada fija en las cartas sobre el mantelito morado, a la espera de respuesta para sus más terribles inquietudes.

La danza de la realidad, su último libro editado en Chile por RandomHouse—Mondadori, da cuenta detallada de su viaje mágico y misterioso.

Don Jodo y sus arcanos

A “Jodó”, o “Don Jodo”, lo conozco hace tiempo y, pese a que me ha distinguido con su amistad, puedo decir que no ha sido fácil entrar en su memoria, por lo que tomé la precaución de llamarlo para avisarle que estaba en la ciudad y pensaba ir al café—consulta. Me atendió con una calidez inusual. Claro. París es su casa y está a sus anchas. Supongo que cada viaje a Chile lo estresa sobremanera y seguramente por eso nuestra relación solía ser algo así:

—Hola Alejandro.

—Sí. sí, hola, ¿cómo va tu tesis de sicología?

—Eh, mmm, ese no soy yo…

—¿No? Ah, bueno, ya dime lo que quieres, mira que estoy ocupado…

No es que fuera pedante. Es que en Chile todo el mundo lo quiere aprovechar. Claro que también, digámoslo, tiene un gran ego. Pero, ¿quién no lo tendría si contara con un curriculum como el suyo? Fue discípulo y luego coreógrafo de Marcel Marceau (creó para él la celebérrima rutina La cárcel de cristal, por la que aún recibe los respectivos derechos), fundador del movimiento Teatro Pánico, caracterizado por la invención de la performance, y cineasta de notoriedad mundial por películas de culto como El topo —favorita de Los Beatles—, La montaña sagrada —producida por John Lennon—, Santa sangre —premio especial de la crítica en el festival de Cannes en 1989— y El ladrón del arco iris, protagonizada por Omar Sharif, Peter O’Toole y Christopher Lee, entre otras. Además, así como en Chile se le ubica como novelista y “psicomago”, en Europa es lejos el más importante de todos los guionistas de cómics, disciplina que goza de una relevancia descomunal y que le permite vivir holgadamente en la Ciudad Luz.

Sin embargo, en lo íntimo, lo que a Jodorowsky realmente le interesa es indagar en el alma humana y por eso mismo es profundamente humilde, a su manera. El arte ha sido un viaje por varias sendas que lo condujeron finalmente a lo que ha llamado Psicomagia, una forma de terapia que mezcla el teatro, la poesía, el chamanismo y el tarot. En esta fría noche parisina en Le Temerarie se le ve joven y sereno. Hace pocos días cumplió 74 años, pero de algún modo su rostro refleja que la suya es una mente extraordinariamente creativa, vanguardista y lúcida. Más allá de los aires charlatanescos, Jodó es un vidente superdotado, además de todo.

Una joven con algo de Cindy Lauper se acerca al reconocer a mi acompañante, la actriz chilena Claudia Burr, que vive aquí hace un año y medio, y se presenta como compatriota de vacaciones.

—¿Viniste a verte el Tarot? ¿No? Yo sí… de hecho he juntado dinero para este viaje durante años e hice coincidir la estadía un miércoles especialmente para venir acá. Estuve temprano en la mañana para conseguir un número de atención y he esperado lodo el día. Es que soy súper fan de Jodorowsky y he leído todos sus libros. Estoy segura de que él es el único que puede ayudarme…

Algo escéptica, Claudia indaga en los detalles de la consulta: 1,5 euros (para el dueño del café) y una sola consulta per cápita.

—¿Y se puede saber que le vas a preguntar? —inquiero.

—Ehhh, cachai que no lo tengo muy claro todavía…—responde en buen chileno, y los demás compatriotas, media docena, sueltan una carcajada.

De pronto, entre los curiosos, fanáticos y desesperados/esperanzados que aguardan su turno se abre paso dificultosamente una mujer de edad media que, sin previo aviso, le extiende un papel a Jodó. Este lo lee y como obedeciendo a una orden, se levanta dejando un pequeño desastre con las mesitas, los arcanos y el mantel. Le abren paso y espontáneamente se forma un círculo en tomo a la mujer, que llora, y él la abraza susurrándole “c’est bon, c’est bon”.

Poco después llega el turno de la chilena. Aguzamos el oído:

—Bueno, eh… creo que me gustaría saber cómo puedo descubrir lo que realmente quiero de la vida.

—Ah, mira —dispone las tres cartas escogidas por ella al azar—, ocurre que toda tu existencia la has pasado queriendo estar en otra parte, piensas que las soluciones y las respuestas no están en ti, pero no te das cuenta de que tienes poder para conseguir lo que quieres… Huyes de ti misma, por tu inseguridad, ¿comprendes? Dime, ¿qué es lo que sueñas hacer?

—Mmm, la verdad es que siempre he querido venirme a vivir a Europa.

—Bueno, ya estás acá ¿no? ¡Quédate!

—No puedo, tengo muchos compromisos en Chile.

—¡Ves!, a eso me refiero…

Veleidades del ego

Terminada la sesión —atendió a unas 20 personas— Jodorowsky se escabulle rápidamente entre los que se niegan a dejarle en paz, igual que en la Feria del Libro de Santiago, España o en México, donde es capaz de parar el tránsito. Hay señoras parisinas de elegante estampa, un par de dibujantes españoles, muchos franceses, un poeta italiano y los infaltables chilenos. No pocos llevan grabadoras, cámaras fotográficas y libros para autografiar. Al fin en la calle, nos subimos el cuello de los abrigos y enfilamos hacia un restaurant marroquí, que es su favorito y donde lo atienden como la celebridad que es.

—Venir a verte es como peregrinar a La Meca para algunos, ¿te das cuenta?

—Sí, sí, ni me digas. Prefiero no pensar en eso, es mucha responsabilidad. Vienen de todos lados… En fin. Vamos a comer lajine, ¿la has probado? ¿No? Bueno, le va a gustar. Marianne se va a unir a nosotros, eh, ya viene.

Marianne Costa, la pareja de Alejandro, es una francesa que debe estar recién entrando en los 40, alta, culta y hermosa. Llega, saluda y le pregunta:

—¿Qué le dijiste a la mujer que te envié?

—Nada. Sólo la abracé. Necesitaba afecto, tiene una gran carencia de la imagen paterna. Vieras cómo lloraba… Resulta evidente que la terapia psicomágica ocupa el centro de interés de quien ha sido llamado el Da Vinci del siglo XX. No es fácil llevarlo a otros temas. Cuando le pregunto en qué está, responde con el mismo énfasis de quien es consultado sobre cómo estuvo su día en la oficina:

—Bueno, mis cómics, ya sabes, trabajo con muchos dibujantes, sigo haciendo juegos de CD Rom, tengo tres proyectos de cine que están ahí, ya veremos, uno de ellos con Marilyn Manson; con Marianne estamos haciendo un libro sobre el Tarot, en fin… unos jóvenes que me están armando un sitio web hablan del “Jodoverso”, es decir, mi universo. Es que son hartas cosas. Háblame de Chile mejor.

—¿Chile?, bien: el caso coimas…

Escucha un poco y luego me interrumpe para preguntar por su amigo Lafourcade, por Jorge Edwards y Nicanor Parra. Goza con mi relato sobre el mítico encuentro entre el antipoeta y la actriz Patricia López, pero su desinterés por la actualidad me sugiere que últimamente ha estado pensado en el famoso “pago de Chile”. Súbitamente, como si leyera el pensamiento, se acuerda cuando el entonces agregado cultural de la embajada de Chile en Francia, André Jouffé, lo fue a buscar para que le viera el Tarot al presidente Frei Ruiz-Tagle y su esposa, que estaban de paso en la ciudad. No cuenta detalles, respetando el secreto profesional, pero destaca el hecho de que, en “agradecimiento” le hicieron llegar un jamón serrano comprado en el Monoprix…

En el aire queda suspendida la anécdota como una metáfora de algo mucho más relevante y que no le gusta mucho. La velada llega a su fin y al despedimos le pregunto cuándo piensa volver a Chile.

—No sé. Chile es un paraíso comparado con Europa y si tuviera que tomarme un año sabático, sólo para escribir, me voy. Pero por ahora, en verdad, he decidido no ir hasta que me den un premio. Son veleidades del ego.

(Fuente: Trujillo Rovas, Daniel, “El Psicomago“, Capital Nº 104, marzo de 2003, pp. 76-78)