Este artículo escrito por Felipe Barral Momberg, editor de la revista ÉDAK, apareció en “AEREA” Nº3, en marzo de 2000.

ALEJANDRO JODOROWSKY: la saga del poeta metafísico

Felipe Barral Momberg

Alejandro Jodorowsky: payaso convulsivo, oráculo de carne y hueso, loco sabio, hombre verborréico, armador de sagas, hacedor de leyendas, creador multívoco, provocador pánico, brujo burlesco, creyente incrédulo, mago, genio, demonio santo, psicomago, alquimista, chamán primitivo, maestro, buen demiurgo, culo de mal asiento… Hordas de descriptores podría recibir Alejandro Jodorowsky, dependiendo de cuál faceta del arte se hable o de qué país o público se sienta conmovido por su obra. Pero más allá de las obras que ha donado al mundo, está el ser de Alejandro Jodorowsky, un ser que se ha buscado a sí mismo durante sus 68 años.

No hay límites en Jodorowsky. Sólo hay “ser”; porque si tuviésemos que partir definiéndolo, sólo cabe decir que es un hombre honesto que ha trabajado en sí mismo dando todo su tiempo a esa búsqueda, búsqueda que como veremos, anhela descubrir el “ser” trascendente, la divinidad, la belleza; esa belleza que por impermanente, lo hace sufrir para convertirlo en un hombre sabio, bondadoso, poético por sí mismo.

Esa es la gran obra de Alejandro Jodorowsky: “Lo que más me ha aportado en la vida es el amor humano. Porque yo no he hecho cine ni he hecho teatro: he hecho búsqueda humana. Es la verdad, te hablo sinceramente: no soy teatrólogo ni cineasta ni escritor. Soy alguien que se busca a sí mismo. Eso es todo. Lo que más me ha aportado es la búsqueda interna” (Jodorowsky, 1996).

Esa búsqueda interna quiso alcanzar una cristalización espiritual y es ahí, donde nos encontramos con el poeta metafísico. En Jodorowsky la poesía es vida, el arte es vida, y fruto de este autoconocimiento se originan las obras.

Alejandro Jodorowsky no se enfrasca nunca en un molde. Ha dedicado su vida a la búsqueda de su guía interior, plasmar lo onírico en la realidad, tocar la energía creadora. Aprendió a percibir el niño que sufre en cada ser humano y él, como flor plena de néctar, se desprende de lo aprendido y lo abre a quien quiera recibirlo. Desposeído del enorme ego que alguna vez lo impulsó a buscarse, Alejandro Jodorowsky, “desjodorowskyzado”, se abre a través de sus obras y de sus acciones entregando mensajes metafísicos, llaves, claves aprendidas y aprehendidas durante el desarrollo espiritual.

He ahí al hombre metafísico, al poeta… al metapoeta por sobre todas las cosas. Si uno tiene tiempo y voluntad, uno puede alcanzar y besar al ser. Si uno tiene dinero, tiene dinero. Hacer de la vida un presente lúcido, consciente, similar al sueño… Eso es lo más importante para él, por eso no oculta las facetas de la vida en su obra, por eso ha viajado por el mundo buscando lo que ha sentido y ahí, en el portal del inconsciente, en el friso de la realidad, tras cientos de personajes aparecidos en trance, está la belleza última del ser besado, desgarrado a veces, amado como a la más pura mujer musa. En ese instante, la vida se transforma, el verbo jodorowskyano crea y la controversia, la incomprensión y la barbarie saltan a su obra y a su persona en pie de guerra, conmovidas por la cruda exposición a la verdad.

Alejandro Jodorowsky, el hombre artista, ha luchado toda su vida por dejar que su verbo cree. Por eso elude cualquier posibilidad de algún consenso y de la placidez de lo comercial. Está ahí para asombrar, sorprender, golpear. Todo poema es inquietante, todo ciclo es un infierno, toda muerte es una vida. Desde el horror arcaico hasta la fruición ulterior, él se sitúa en los brazos de la belleza, provocando en todo acto, obra y momento un instante iniciático. “Lo que se llama belleza, lo que se llama arte, es un golpe, porque lo que no es arte no te golpea, es lo común, lo vulgar, lo que siempre ves. El arte es lo que no ves todos los días, es lo nuevo, es lo distinto, es lo sorprendente, es lo mágico, ¡es lo sublime!” (Jodorowsky, 1997).

Con miedo a la muerte se vive en constante sufrimiento. Su predicamento será captar la impermanencia (la muerte) y ahí, en ese segundo eterno, captar la belleza. Este hombre, personaje en sí mismo, rompe así el arquetipo tajante de la cultura occidental de: nacer, estudiar, ser profesional, tener familia, dinero, muerte. Es el topo que alcanzó y vio la luz. De iluminación se trata el cuento… Sus siete lenguas se expanden a través de los personajes de todas sus obras. Gustando o no de ellas, siendo horrorizado, conmovido o fascinado por sus propuestas y creyendo o no en la sabiduría de un hombre iluminado (por su autoconocimiento) o de un loco (por el prejuicio de creerlo), la unanimidad de encontrar un hombre bueno, honesto y sensible, ya justifica hablar de él.

BUSCADOR EFÍMERO

Servir a la belleza viviendo una vida poética ha sido el norte siempre conocido por Alejandro Jodorowsky. La mano del demiurgo toca a todos los seres humanos y su hálito de vida atraviesa océanos, lontananzas y oídos castrados. Sólo a través de sus obras los chilenos podían tener acceso a esos mensajes, ocultos y visibles, que lo trasformaban en algo inquietante. Su voz, que por largos cuarenta años estuvo lejos del laberinto, volvió en 1991 para la publicación de El loro de siete lenguas, novela que había obtenido el premio al humor negro en París en 1984.

Jodorowsky se sumerge en la década de los ’90 con un espíritu aún inquieto, que como buen artista “davinciano”, considera que “en esta etapa de mi vida he logrado una mentalidad que es como un gran queso camembert, el que chorrea por todos lados” (Jodorowsky, 1994). Conviven, sin molestarse, sino más bien apoyándose, los condes, las fábulas pánicas, el Cabaret Místico, las novelas, los cursos de creatividad, los análisis bíblicos, la psicomagia, los sueños creativos, la psicogenealogía, los nuevos proyectos fílmicos y la poesía.

Se edita en Sudamérica El loro de siete lenguas en 1991 y, posteriormente, las novelas Las ansias carnívoras de la nada y Dónde mejor canta un pájaro. Además se publican varios de sus libros sobre el Tarot, la psicomagia y el Cabaret Místico. Su interés poético se conoce por primera vez en 1995 con el libro anónimo Imagen del alma. Son “los 22 temas del poeta” desarrollados por Jodorowsky y por el poeta Taoísta Se-Hang Tou (en espíritu). El libro fue publicado en forma anónima, razón onírica de Jodorowsky: hacer una obra sin autor, humana, única y total. Es ahí donde podemos conocer el anticipo de su poesía metafísica nunca antes publicada. También en 1995 se edita Sombras al mediodía, que entre sus numerosas fábulas pánicas aparece el “Ultimo suspiro: Que la muerte sea mi perra”.

El instinto “davinciano” de Jodorowsky sorprende. Es un hombre de 70 años absolutamente activo, niño, poeta extremo. Incluso él mismo exterioriza la sorpresa ante tal explosión creativa, quizá consecuencia directa de ser creador pánico, demiurgo de la casi extinta raza de los hacedores de leyenda. ¿Cómo se detiene la sensibilidad creadora?

Ese es el momento en que nos introducimos en el poeta metafísico. El arte “davinciano”, ausente en el tiempo y en el arte contemporáneo, se basa en Jodorowsky en su concepción poética de la vida. Primero se es poeta, y no cualquiera, sino que “metapoeta”, más allá en apariencia, que Parra, que es la antipoesía. Es ese el Jodorowsky que se vuelca, con el sello innegable de su visión estética, al efímero éxtasis de la poesía: el pánico instante en que se cristaliza la metafísica en la palabra. “Solo él sabe que cabalga en la noche más oscura sobre un cuervo enloquecido, llevando una lámpara encendida bajo el manto” (Anónimo, 1995).

En el universo de los poetas tutelares, Alejandro Jodorowsky emerge como el de la búsqueda trascendente, el que da caricias honestas al ser, el que bendice la ausencia silente, el que desposa la impermanencia, el que se quiebra ante el aullido del Dios más ingenuo. Alejandro Jodorowsky es el poeta metafísico, el creador pánico, el buscador efímero…”Un hálito de vida eterno surge a lo lejos, allí donde jamás gimen las cenizas de la muerte y la maravilla de la inmortalidad se crea de nada. ¿En efecto, de qué podría estar hecha?” (Anónimo, 1995).

Finalmente, después de ahondar en vivencias existenciales, de profundizar la búsqueda del ser, y tal vez de vencer los propios miedos pánicos de su conciencia, es que Jodorowsky se atreve a dar la cara y publicar por primera vez un libro de poesía. Lo sorprendente no es eso. Lo extraordinario en ello es precisamente que él siempre fue poeta, antes que mimo, quizá madre de su vigencia artística. Fue y es poeta por sobre todas las cosas, y el camino que lo ha llevado por la saga del poeta metafísico no hace más que confirmar su propia regla: y es que donde está el ser, la palabra se forma poética y metafísicamente.

Así, en 1997, Dolmen Ediciones edita en Chile su libro Canciones, metapoemas y un arte de pensar, que una vez se convierte en una experiencia que une las disciplinas del arte. El libro incluye un cassette con canciones interpretadas por Mariana Montalvo, cantante chilena que ha musicalizado a varios poetas latinoamericanos. Será el siguiente siglo el que lo dimensione como poeta en el ciclo de los poetas tutelares. Pero cabe considerar que no se accede a la metapoesía si no se crece junto al bosque nativo del alma. Ni siquiera se es poeta si se redime el devenir otorgado, el horror aprendido de padres coyunturales y la sacralización vana de lo mediocre. Para volar poéticamente se necesita experimentar el dolor insustituible que produce el crecimiento de las alas y sus plumas. No hay excusa para el poeta. Se es atemporal, radical y creador en extremo. El mejor ejemplo lo brinda Jodorowsky. El arte es uno sólo y sus disciplinas son lenguajes del propio arte. La boca y la lengua hablan en “babilonio”, pero la boca y la lengua son las mismas en toda la raza humana. El “ser” artista se expresa. Qué mejor ejemplo que Leonardo da Vinci. El artista es la persona, esa persona puede ser payaso, títere, mimo, actor, dramaturgo, cineasta, escritor, guionista, poeta,.. Puede serlo sólo si es consciente de encontrar la esencia de su “ser” en esas disciplinas. Por eso es que hoy casi no existen “davincianos” conceptuales. La ideología del consumismo y de la mediocridad ha comulgado insistentemente bajo un Dios ficticio y un relajo cultural -que como en los mejores años de la decadencia romana- han llevado a la cultura occidental a tocar fondo. El fin de siglo nos plantea el simple desafío de discernir entre las tres mil máscaras del ser humano: ¿cuál de ellas es la del verdadero “ser” interno?

Alejandro Jodorowsky tiene un rostro. Y la poesía es tal vez una de sus mejores expresiones artísticas. En ella están nuevamente sus personajes de siempre, a la vez que las plenitudes que de ellos se desprenden. Ahí conviven: los seres del circo, los deformes, los guerreros espirituales y físicos, los monjes, los poetas… Todo personaje real está en sus versos, por más distintos y disímiles que sean, están en todas partes, desde su propia vida hasta el más recóndito lugar del inconsciente de aquel ser humano que pone sus cinco sentidos en la obra jodorowskyana. “En lo que escribo se mezclan todos los géneros: lo poético, lo cómico, lo épico, lo burdo, lo vulgar, lo pornográfico, lo criminal. No creo en el estilo ni tampoco hago manifiestos… Busco la libertad total. Para mí, escribir es sobrevivir llegando a la libertad sin límites” (Jodorowsky, 1992). No faltan tópicos en esas obras. La religiosidad va de la mano del sexo, el amor junto al odio, la violencia con la purificación, la muerte con la vida. Son reconocibles los monstruosos demonios de las mentes paranoicas y los gloriosos seres de la fantasía pronoica. El éxtasis besa la flor en su dolor efímero de la muerte, y la bella y silenciosa tumba hace el amor con Dios. No hay inhibición en su obra. Son todas independientes y a la vez, parte de uno mismo. La mirada de Alejandro Jodorowsky está presente en cada escena, en cada golpe, en cada prolapso que desata enormes crisis racionales y asombrosos destellos de fulgor.

Es por eso que en Canciones, meta-poemas y un arte de pensar e Imagen del alma -reeditado en 1997 —ya con el nombre de Jodorowsky—, se palpa la esencia de todo su arte. Las bases de sus propios universos tutelares se develan, transforman y crecen a través de sus versos; versos que sin duda trascienden las mismas palabras para llevar en sí la sustancia elemental del ser: el verbo. Un verbo creador de imágenes, provocador de sensaciones y delatador de ideas, sueños y verdades. Él mismo lo confirma con la clara y precisa intención de liberarse —al fin— de las trabas y vergüenzas poéticas que sintió en su juventud al estar al lado de poetas como Neruda, Huidobro y sobre todo Parra; no por admirarlo, sino por enfrentarlo. “En la poesía estoy reaccionando, un poco, a algunas cosas que ha dicho Parra, Parra dijo; ‘En mis libros no hay la palabra arcoiris’. Yo digo que en mis poemas se quiere mucho a la palabra arcoiris… y dice: ‘no hay bicicletas, ni lápices de escritorio, ni escritorios… hay pura metafísica’. ¡Eso es lo que yo digo! O sea que antes hubo la poesía de Neruda, después hubo la antipoesía… Yo soy la metapoesía. La antipoesía es una trampa y hay que salirse de eso ya”.

Entonces, sus poemas no hay que leerlos como poemas, Son —en efecto— las cartas fundamentales de la propia constitución ideológica de Jodorowsky. Una percepción ideológica, por lo demás, única… incluso ubicua y en equilibrio con sus otras obras artísticas. Pero una cosa es clara: Jodorowsky y su arte comienzan y se fundan en la poesía. No al revés; y no en mezcla discontinua. Por eso es que no hay temor de ver en la poesía jodorowskyana. No hay temor de ser. Hay metafísica, metapoemas y metaseres… Se trata de espejos, en donde una vez más, Alejandro Jodorowsky es su mirada…

(Fuente: Barral Momberg, Felipe, “Alejandro Jodorowsky: La saga del poeta metafísico“, AEREA Nº 3, marzo de 2000, pp. 231-235)