Este artículo escrito por María Maizkurrena, apareció en el “Periódico de Bilbao”, en marzo de 2004.

La vuelta al mundo de Julio Cortázar

Por María Maizkurrena

cortazarvuelta.jpgMIGUEL Herráez, que ha publicado en Ronsel una biografía de Julio Cortázar, incluye entre los capítulos de la vida de éste una prehistoria: desde su nacimiento en Bélgica, “bajo el estallido de los obuses invasores del Káiser Guillermo I” (1914) hasta la primerísima infancia en Barcelona. Barcelona le proporcionó al niño Julio unos recuerdos imprecisos como fantasmas que, según parece, correspondían al parque Güell, mundo mágico por el que correteaba antes de los cuatro años. Pero la primera vida de la que Cortázar guardó una imagen completa y una leyenda lleva el nombre de Bánfield, suburbio de Buenos Aires que entonces (años veinte del siglo pasado) era un pueblo independiente unido a la capital por el ferrocarril. Bánfield es la infancia. Calles de tierra, farolas escasas, el Club Atlético Bánfield, el periódico La Unión, la casa, escenario gótico, con sus pasillos sombríos y su jardín cerrado encerrado en una hilera de jardines, la escuelita de la calle Talcahuano, la familia fatalmente venida a menos cuando el padre se marcha para no volver, las lecturas, las convalecencias. La primera vida de Julio Cortázar, cuando aún era Julio Florencio, estuvo lastrada por el peso de la realidad avara, de los apuros económicos de las clases medias, del machismo que condenó a su madre a empleos ridículos y a sueldos patéticos. Cortázar no pudo ir a la Universidad. Con trece años, se matriculó en la Escuela Normal del Profesorado Mariano Acosta, y compensó el tedio de las aulas con la exploración de Buenos Aires. En el 36 se matriculó en Filosofía y Letras, pero tuvo que dejarlo para marchar como profesor de secundaria a un pueblo remoto que le permitiría enviar un sueldo a su familia y del que dirá en una carta: “los microbios, dentro de los tubos de ensayo, deben tener mayor número de inquietudes que los habitantes de Bolívar”.

Así pues, la segunda vida de Cortázar es la adolescencia (Buenos Aires, la Mariano Acosta) y su tercera vida es una habitación con muchos libros y las tertulias de los jueves en casa de Madame Duprat, Bolívar, con su club social y su librería El Globo.

La cuarta vida de Cortázar la componen Chivilcoy y Mendoza, que son la provincia en su versión ya más grande y agitada. Chivilcoy, cinco años en una ciudad de 20.000 habitantes “con sus numerosos ganados circunvecinos, sus preclaras gentes que comercian y dan vueltas a la plaza”, a dos horas y media de tren de Buenos Aires, donde pasa los fines de semana. En Chivilcoy, Cortázar lleva el pelo engominado peinado hacia atrás, queda con la nadadora Nelly Martín en la plaza de España, hace esfuerzos por integrarse en la vida social y, en vez de besar el anillo del obispo, le da la mano, por lo cual se gana la enemistad de las fuerzas vivas. También se presenta a un premio de poesía de la Sociedad Argentina de Escritores (Borges estaba en el jurado) que no gana.

En Mendoza, entre julio del 44 y junio del 46, da clases en la recién fundada Universidad Nacional de Cuyo. Dejará un recuerdo bueno e imborrable en sus alumnos, y se verá atrapado en la constante lucha entre las autoridades y la Universidad. Harto, se larga a Buenos Aires, donde se hace traductor, publica en Los Anales de Buenos Aires el cuento Casa tomada, que le entregó a Borges en persona, conoce a Aurora Bernárdez y hace su primer viaje a París. Casa tomada señala la eclosión del extraordinario escritor que conocemos. Sus vidas anteriores son, a efectos literarios, tan prehistoria como el parque Güell.

El corte

París corta la vida de Cortázar por sus treinta y siete años (treinta y nueve cuando se instale definitivamente) y le proporciona, ya en su primer viaje, a La Maga, uno de los personajes centrales de Rayuela. En 1951, publica Bestiario, que consideró siempre su auténtico primer libro, y que dormirá diez años en los sótanos de Editorial Sudamericana, y regresa a París. Se ha deshecho de su biblioteca y de su colección de discos de jazz. Enseguida, Aurora Bernárdez se reúne con él. Viven con poco. Inauguran la era de los viajes con un extenso recorrido por Italia durante el cual Julio traduce a Poe por encargo de la Universidad de Puerto Rico. En el 54, a su regreso a París, empiezan a trabajar como traductores para la UNESCO.

Esta es la vida de la intensidad y de los viajes. Aquí nace el Cortázar más conocido, el argentino-parisino de Final de juego, Los Premios (su primera novela), Las armas secretas y Rayuela, que sale en el 63. El prestigio y la fama le van llegando poco a poco. Inesperadamente, en el 67, después de un viaje a la India, se separa de su mujer y se fragua el comienzo de la sexta vida, los años con Ugné Karvelis, que trabajaba para Gallimard, y el cenit de su compromiso con Cuba, que quizás hoy pueda parecernos demasiado incondicional.

Pero en 1977 conoce a Carol Dunlop en Montreal y aquí empieza la séptima vida de Cortázar. En el 78, ya estaban juntos en París y Karvelis, la “mala” en la historia amorosa del escritor, una mujer con muy mala uva, queda atrás. Con la Dunlop, Cortázar modera el ritmo de los viajes, aunque no deja de moverse por el mundo, se centra un poco más en el trabajo, y escribe (escriben) Los autonautas de la cosmopista. Pero llegan también las enfermedades. La de él y la de ella, que, insólitamente, muere antes que su marido, siendo 32 años más joven.

En 1982, muerta Carol, Aurora Bernárdez acompaña a Julio en su apartamento de la rue Martel, y éste regresa poco a poco a la actividad: participa en foros a favor de la causa sandinista y viaja a España, invitado por Mario Muchnik. El tiempo se le agota. Su enfermedad (leucemia, aunque también se ha dicho que le pudieron contagiar el SIDA con una transfusión de sangre) se había manifestado virulentamente el mismo año de la muerte de Carol. El último año de su vida viajó a Buenos Aires y Alfonsín se negó a recibirle. Los tres meses finales los pasó en un París tomado por el invierno, como cuando llegó a la ciudad por primera vez. Murió en el hospital Saint-Lazare. Fueron días tristes, de cara a la muerte, de cara a la pared, pues la ventana daba a un patio interior que no quería ver. Dijo que echaba de menos los árboles.

(Fuente: Maizkurrena, María, “La Vuelta al Mundo de Julio Cortázar“, en Periódico de Bilbao, marzo de 2004)